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La NASA descubre que microbios de la Tierra podrían sobrevivir en la Luna en refugios tan pequeños como una huella

26 ago
7 min de lectura

Un nuevo estudio identifica en los polos lunares enclaves capaces de ofrecer cobijo a ciertos microorganismos terrestres. La próxima presencia humana añade una paradoja: nuestras propias pisadas quizá contribuyan a crear algunos de esos refugios.

Publicado por César Noragueda

Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

Recreación artística de microorganismos terrestres refugiados en una huella lunar. ChatGPT, César Noragueda.
Recreación artística de microorganismos terrestres refugiados en una huella lunar. ChatGPT, César Noragueda.

Cuando un astronauta vuelva a caminar cerca del polo sur de la Luna, llevará mucho más que un traje, herramientas y provisiones. Los seres humanos convivimos con multitudes de microorganismos, y también aparecen en naves y hábitats espaciales. Cada salida al exterior abre, por tanto, una posibilidad diminuta pero inevitable: que alguno termine sobre el regolito, el manto de polvo y fragmentos de roca que cubre la superficie lunar.

A primera vista, su destino parece decidido. Allí no hay una atmósfera densa que proteja el terreno, el vacío domina el entorno y la radiación ultravioleta llega sin el escudo que proporciona el aire terrestre. A eso se añaden temperaturas extremas. Durante décadas, semejante combinación ha alimentado una intuición sencilla: abandonar un microbio en ese mundo equivale prácticamente a condenarlo.

Prabal Saxena y sus colegas, vinculados a los centros Goddard y Johnson de la NASA entre otros, plantearon la cuestión de una manera distinta. En vez de preguntarse si nuestro satélite resulta acogedor para la vida, examinaron qué ocurriría en puntos concretos de las áreas polares. Para responder, necesitaban observar la Luna con un detalle mucho más fino de lo habitual.

Sobrevivir no significa prosperar

Antes de conocer el resultado del estudio, conviene separar dos ideas que parecen equivalentes y no lo son. Que una bacteria o un hongo sobreviva no implica que esté creciendo, alimentándose y multiplicándose. Una célula mantiene su viabilidad mientras permanece inactiva; algunas bacterias, además, forman esporas extraordinariamente resistentes. Si el entorno mejora, ciertos organismos recuperan después un metabolismo más activo.

Una analogía útil es una semilla guardada en un cajón. No está produciendo hojas ni raíces, pero conserva la posibilidad de hacerlo cuando encuentra agua, temperatura adecuada y otras circunstancias propicias. La comparación tiene límites —un microorganismo no es una semilla—, aunque permite entender la distinción decisiva del trabajo publicado en Science Advances.

Los autores analizan precisamente la supervivencia, no una colonia lunar en funcionamiento. Hablan de un estado criptobiótico: una situación de actividad biológica extremadamente reducida en la que el organismo tolera circunstancias adversas. Crecer exige mucho más. La falta de agua líquida disponible y estable en la superficie constituye, según los investigadores, un obstáculo fundamental para que esos pasajeros microscópicos prosperen actualmente.

Un polo donde unos metros pueden cambiarlo todo

La Luna tampoco ofrece un panorama uniforme. Cerca del ecuador, donde tuvieron lugar las anteriores misiones humanas tripuladas, la exposición resulta particularmente dura. Los polos presentan una geometría distinta.

Hay que saber cuánto Sol alcanza una pendiente, una concavidad o el interior de un pequeño cráter.

La inclinación del eje lunar es pequeña y el Sol permanece muy bajo sobre el horizonte en esas latitudes. Sumemos montañas, bordes de cráteres y depresiones: una elevación basta para bloquear la luz durante largos periodos, mientras un punto cercano queda iluminado. Existen incluso regiones permanentemente sombreadas, conocidas por las siglas inglesas PSR, donde el astro nunca supera el horizonte local.

Ese juego de luces tiene consecuencias enormes. Algunas áreas mantienen temperaturas muy bajas y reciben mucha menos radiación ultravioleta. Es también una de las razones que permiten que el hielo de agua perdure cerca de la superficie polar. Lo importante para esta historia es la dimensión del fenómeno: dos emplazamientos próximos no tienen por qué constituir ambientes equivalentes.

Por eso, la topografía cambia la pregunta. No basta con afirmar que “la Luna” es hostil. Hay que saber cuánto Sol alcanza una pendiente, una concavidad o el interior de un pequeño cráter. Unos metros de relieve bastan para separar una zona abrasada por la radiación de otra mucho más protegida.

Recreación artística de los cinco géneros de microorganismos analizados en el estudio. ChatGPT, César Noragueda.
Recreación artística de los cinco géneros de microorganismos analizados en el estudio. ChatGPT, César Noragueda.

Cinco pasajeros microscópicos puestos a prueba

El equipo seleccionó representantes de cinco géneros: Bacillus, Deinococcus, Staphylococcus, Aspergillus y Fusarium. La elección no fue caprichosa. Incluye microorganismos tenaces y otros comunes en entornos vinculados a seres humanos o detectados en instalaciones espaciales tripuladas. Aspergillus, por ejemplo, es un contaminante habitual de la Estación Espacial Internacional; Deinococcus destaca por soportar radiación intensa.

Los científicos no soltaron estos organismos sobre nuestro satélite. Compararon datos experimentales ya disponibles sobre sus límites frente a factores adversos con la realidad física de las zonas polares. Se fijaron especialmente en dos variables: temperatura y dosis de radiación ultravioleta, esta última entendida como la cantidad acumulada recibida durante cierto tiempo.

Para construir el escenario lunar, utilizaron observaciones del Orbitador de Reconocimiento Lunar (LRO, por sus siglas en inglés). Las mediciones del instrumento Diviner aportaron información térmica; mapas derivados del altímetro láser LOLA permitieron representar el relieve y estimar la iluminación. En zonas candidatas para el alunizaje de Artemis III, el análisis alcanzó una resolución topográfica de cinco metros por píxel y recurrió a trazado de rayos para calcular dónde llegaría directamente la luz solar.

Después, superpusieron ambas piezas del rompecabezas: hasta dónde resisten esos seres diminutos y qué encontrarían realmente en cada enclave.

La Luna resulta menos letal de lo esperado

La comparación reveló que en ambos polos existen áreas con márgenes compatibles con la supervivencia de los microorganismos analizados. Eso no implica que estén allí ni que el trabajo haya encontrado vida lunar. Son nichos potencialmente tolerables para seres terrestres que consiguieran llegar hasta ellos.

Aspergillus fue el candidato más resistente del grupo. En las zonas de alta resolución examinadas alrededor de posibles emplazamientos de Artemis III, los cálculos indican que aguantaría en aproximadamente entre el 2 y el 9 por ciento de la superficie cartografiada que no permanece siempre en sombra durante el verano. En invierno, la proporción ascendería a entre un 15 y un 30 por ciento. Alrededor de un 3 por ciento presentaría un escenario apto para resistir al menos siete días.

En ambos polos existen áreas con márgenes compatibles con la supervivencia de los microorganismos analizados.

Las áreas permanentemente oscuras son todavía más favorables frente a los factores considerados. Al incorporar la pequeña cantidad de ultravioleta que llega reflejada desde terrenos vecinos, el modelo mantiene lugares donde los cinco tipos estudiados soportarían más de una semana.

Aquí aparece otra sorpresa. El frío extremo no es necesariamente el enemigo principal en estos plazos: las bajas temperaturas se utilizan precisamente para conservar microorganismos en la Tierra. Para los candidatos y periodos analizados, la radiación ultravioleta constituye el agente esterilizador más importante. El vacío y las partículas energéticas tampoco dominarían la supervivencia durante uno o varios días según la evidencia empleada por los autores.

Son estimaciones, no garantías. El propio trabajo reclama experimentos adicionales, modelos con mayor detalle y el análisis conjunto de otros factores. Su conclusión es más precisa y, justamente por eso, más interesante: algunos rincones polares parecen bastante menos biocidas de lo supuesto.

Aspergillus fue el candidato más resistente: aguantaría en entre el 2 y el 9 % de la superficie no siempre en sombra durante el verano; en invierno, en entre un 15 y un 30 %; un 3 % sería apto para resistir al menos siete días; y las áreas siempre oscuras son aún más favorables.

Un refugio tan pequeño como una huella

La historia se vuelve especialmente llamativa al reducir todavía más la escala. Resultados de las misiones chinas Chang’e muestran que cráteres pequeños, incluso de menos de un metro, poseen proporciones entre profundidad y diámetro capaces de generar sombra continua suficientemente cerca del polo.

Y los futuros visitantes también modificarán el relieve. Perforaciones, cucharas de excavación y ruedas de vehículos producirán depresiones. Incluso una bota puede dejar una marca cuyo interior permanezca protegido de la iluminación directa en determinadas latitudes. Así, la actividad humana tendría la paradójica capacidad de fabricar pequeños escondites al mismo tiempo que lleva hasta allí los organismos capaces de ocuparlos.

La actividad humana tendría la paradójica capacidad de fabricar pequeños escondites al mismo tiempo que lleva hasta allí los organismos capaces de ocuparlos.

Conviene no convertir esa posibilidad en una certeza espectacular. Saxena y sus colegas no han demostrado que una huella vaya a convertirse en una guardería bacteriana, ni han introducido microorganismos en pisadas lunares para comprobarlo. Señalan que accidentes topográficos de esas dimensiones son capaces de originar zonas sombreadas y, por tanto, nichos potenciales de supervivencia.

Una pisada deja así de ser solamente una marca histórica. Bajo el Sol rasante del polo lunar, su geometría alteraría potencialmente las características ambientales de unos pocos centímetros de terreno.

El problema de llevar nuestra propia vida

La consecuencia afecta directamente a la nueva etapa de misiones tripuladas. Los astronautas son vehículos biológicos: millones de microorganismos habitan su piel y muchísimos más viven dentro de sus cuerpos. Esclusas, trajes y otros sistemas también pueden liberar materia orgánica y microbios. Los autores señalan, además, que actualmente no existen requisitos de carga biológica para las naves destinadas a la superficie lunar.

Recreación artística de las zonas iluminadas y sombreadas del polo sur lunar. ChatGPT, César Noragueda.
Recreación artística de las zonas iluminadas y sombreadas del polo sur lunar. ChatGPT, César Noragueda.

¿Por qué preocuparse si esos organismos probablemente no van a multiplicarse? Porque el polo sur interesa precisamente por su valor científico. Sus zonas frías albergan la posibilidad de conservar hielo, moléculas prebióticas —compuestos relacionados con la química anterior a la vida— y otras sustancias volátiles. Introducir material terrestre eleva el fondo de contaminación y puede complicar investigaciones posteriores.

Incluso las células muertas importan: sus restos permanecen como material orgánico ajeno al medio original. Saber qué llevamos, dónde lo depositamos y cuánto puede persistir será esencial para distinguir en el futuro una señal propia de la Luna de la huella química o biológica dejada por nosotros.

El artículo científico no presenta nuestra llegada como una amenaza que deba detenerse. Propone comprender mejor sus efectos y aplicar medidas de mitigación más cuidadosas cuando los objetivos científicos lo requieran.

Una Luna distinta a la que imaginábamos

La lección final cabe dentro de una pisada. Un mundo puede ser extraordinariamente hostil en conjunto y contener, sin embargo, rincones donde ciertos organismos resistan durante un tiempo. “Inhabitable” no significa necesariamente “esterilizador en cada centímetro”.

La misma idea podría extenderse a otros cuerpos sin aire, como Mercurio, Ceres, asteroides o cometas. Y convierte nuestro satélite en un laboratorio para una cuestión que será todavía más delicada cuando lleguemos a Marte.

Volver a la Luna significará recorrerla, pero también transformarla. Tal vez, una de las alteraciones más pequeñas sea asimismo una de las más reveladoras: dejar una huella y descubrir que hasta su sombra puede importar.

La misma idea podría extenderse a otros cuerpos sin aire, como Mercurio, Ceres, asteroides o cometas, una cuestión que será todavía más delicada cuando lleguemos a Marte.

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